Es
oficial, el estudio de la Historia es el pasado del hombre, conformado por el
paso de más de tres millones de años (si se consideran los restos arqueológicos
del ancestro más primitivo del hombre: Lucy). El pasado es incognoscible, ¿quién
afirma que el pasado existe? Ortega y Gasset lo afirman; el pasado existe como
una forma peculiar del ser del presente.
¿Por
qué el hombre guarda en su memoria el recuerdo de algunos episodios del pasado?
Porque éste recuerda todo aquello que trascendió, impactó y consideró importante en la conciencia del
ser humano en un determinando espacio temporal.
El
hombre, por otro lado siempre ha estado en constante cambio; es estático. El
recuerdo también lo es, cobrando diferentes dimensiones y tonalidades; no se
puede guardar en la memoria los acontecimientos tal y como ocurrieron. Sin
embargo toda esa memoria se trae al presente como objeto de análisis para crear
un nuevo conocimiento.
A
eso anterior, se le consideran los primeros pasos del historia que son
acompañados por medio de testimonios orales y por el medio escrito, este último
el medio más complejo. El criterio que opera para registrar el acontecer es la
trascendencia preservada en piedra, barro, piel o papel.
Pero fue la escritura, que dio inicio al texto
histórico y a la complejidad del discurso sobre el pasado. Aquí ya entra la labor de la historiografía
que se inca no solo en que dice del pasado, sino también cómo lo dice y por qué
se dice de esa manera. Si se hacen esas cuestiones es adentrarse al pasado ya
no solo del texto, si no al pasado del mismo autor.
El
texto historiográfico está cargado de ideologías e innumerables cambios
adaptándose a los cambios del espacio-tiempo. Por ejemplo en Mesoamérica, la memoria solía guardarse en el tallado de
piedra, su siguiente paso fue la manufactura del códice. El cual tuvo su
transformación cultural mediante la primera mitad del siglo XVI con la Nueva
España.
Esa
transformación se dio debido a que los conquistadores a la hora de querer
consultar los códices prehispánicos y coloniales- para fines económicos,
políticos o territoriales-, les resultaba una labor difícil dado a la
traducción. Es por ello que en muchos códices se encuentra ya la escritura en náhuatl
o en español a lado de los pictogramas. Después aparecieron los códices
transcritos, traducidos del náhuatl al español o viceversa. Con esto nace, de la historiografía indígena,
la tradición novohispana.
Sin
embargo existe un problema entre el acontecimiento
histórico y el fenómeno historiográfico, este problema tiene que ver con el discurso
del contenido histórico. Se trata de que los historiadores deben considerar también
aquellos discursos guardados en la memoria y transmitidos en voz, dado a que hay ciertas comunidades que usaron
esta forma de registro antes que la escritura o en vez de ella.
Volviendo
a la historiografía de la tradición indígena, un elemento que llama la atención
es la autoría, que presenta el nombre
del autor que compuso la obra. Gracias a este elemento se sabe de la labor de
cronistas indígenas como Cristóbal del Castillo, Hernando Alvarado Tezozómoc o
San Antón Muñon Chimalpain.
Cabe
decir que en el proceso historiográfico existen fases vinculadas unas a otras
que muestran el antecedente de una a
otra. Y sobre la historiografía novohispana de tradición indígena no quedó en
los inicios del siglo XVII, aún llegan a aparecer en obras de Carlos de Sigüenza
y Góngora, cuando el criollismo estaba floreciendo.
Fuente de apoyo: Romero Galván, José Rubén, “Introducción”
en José Rubén Romero Galván coordinador, Historiografía
mexicana I. Historiografía novohispana de tradición indígena, México, UNAM,
Instituto de Investigaciones Históricas, 2003, pp. 9-20.
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