Ubicándonos
en la vieja Mesoamérica, hay que tomar en cuenta que los pueblos que habitaron
en ese ámbito geográfico-cultural desde el Preclásico, tuvieron el propósito de
conservar el pasado, buscar la función de su presente y preservar el futuro a
través de diversas formas gráficas.
Su sistema comenzó con la forma escultórica;
primero sobre la piedra en construcciones arquitectónicas, o sobre la cerámica la
cual se integró a la pintura mural. Luego el registro se plasmó hacia soportes blandos,
manuales o libros; los códices inventados por los mesoamericanos. El tipo de
registro no solo se trataba de conocimiento religioso o astronómico como lo hicieron
los mayas en mayoría, si no también se trataba de manifestar la historia.
Su
manifestación de la historia se relaciona con la escritura del calendario con el
sistema de numeración de puntos y barras o/y con el formato de glifos en columna.
Este vasto sistema de cronograma
contiene un alto registro político y
social de ese tiempo, porque la numeración de puntos ofrece datos temporales y
los glifos contienen datos espaciales.
Ese
tipo de información ofrecida por esos sistemas de registro permite saber
cuestiones políticas y sociales de los pueblos mesoamericanos como nacimientos,
mapas, conquistas, centros de poder, nombres y vidas de gobernantes, etcétera.
Sin embargo no todos los pueblos ofrecen abundante información como es el caso
de la zona de Teotihuacán, donde hubo pocas condiciones de registro a comparación
con Cacaxtla, donde hay una vasta cantidad datos temporales del sistema
maya-zapoteco.
De
hecho donde abundan más inscripciones es en la zona oaxaqueña y maya, a partir del Posclásico,
tiempo dónde se generaliza el uso de los códices, útiles para saber información
de culturales, políticos, económicos y sociales. Y que también fueron
apreciados-pero al mismo tiempo, destruidos en la época de la conquista y la
colonia española-.
Tanto
fue el impacto hacia los españoles ante los códices, que no solo les sirvieron
de interés estratégico, útil para el proceso de conquista. Algunos misioneros y
cronistas de la época como Sahagún y Gómara escribieron que los códices eran escritos
bárbaros con jeroglíficos e imágenes. Otros como los jesuitas Tovar y Acosta
comentaron que de verdad ofrecían datos históricos.
El
interés de aquellos interesados españoles por el registro mesoamericano, no fue
suficiente para impedir la destrucción de los códices prehispánicos, dado a que
eran considerados como “obras del demonio”.
Fue tanto la quema y saqueo de libros, que si los militares decidían no
destruir algunas obras, lo eran pero por otro grupo conquistador. Todo con
fines de evangelización y dominio religioso para reprimir a los ídolos de los
mesoamericanos.
Hubo
muchas clases de códices, todos diferentes según el propósito. Los cronistas
que se ocuparon de los pueblos nahuas indican que hubo diferentes clases de que
se dividían temporalmente (para asuntos historiográficos) o religiosamente, o para control administrativo de tierras y
tributos. Otros códices fueron usados para asuntos de lectura religiosa pública,
y algunos ofrecían registros tributarios o económicos.
Los
rasgos más característicos de los códices son cómo están presentados: con pintura,
por sus tamaños o su por su forma presentada; doblados verticalmente y enormes,
y por su material hechos con fibras liberianas de higuerillas. Sus creadores,
fueron sabios con habilidades y con diversos niveles, según las necesidades y
propósitos o estratos sociales.Y sus usuarios, eran los que hacían la
declaración y los que sabían descifrar, dado a que estaban instruidos para
ello.
Hoy
en día, quedan restos apenas míseros de la inmensa cantidad ya destruida o
saqueada, la mayoría se hallan en países europeos, los restantes-muy pocos- en
México.
Fuente interpretada: "El registro de la historia" en José Rubén Romero Galván coordinador, Historiografía mexicana I. Historiografía novohispana de tradición indígena, México, UNAM, Instituto de investigaciones Históricas, 2003, pp. 21-50.
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